Vidas

Leer es una forma de ensanchar tu vida. Digamos que tu vida es una habitación coqueta pero no muy grande, algo más grande que el cuarto de la plancha, algo más pequeña que el salón. Tu vida es una estancia luminosa, pero no es un espacio abierto. Para ver el cielo te tienes que asomar a la ventana, y tampoco puedes verlo todos los días, a veces las nubes te lo impiden. En tu habitación te sientes cómodo, al fin y al cabo es tu vida, y te has encargado de decorarla a tu gusto. Pones un cuadro en una pared, algunas fotos en otra, tal vez un espejo que sin duda aumenta la sensación de espacio. Pero sabes que sigue siendo un recinto limitado, agradable pero finito. La vida, tu vida, no está mal, es suficientemente amplia como para poder guardar todas tus camisas, incluso unos cuantos libros, pero siempre te termina pareciendo insuficiente. Además el nombre le viene quizás un poco grande, y por eso siempre acaban apareciendo pelusas por las esquinas y debajo de la cama.

Leer, como decía, es como asomarte a la ventana, incluso como salir a la calle, si tienes suerte y das con los textos adecuados. Te da las vistas, te permite ampliar el horizonte más allá de las paredes de tu habitación. Todo lo que no puedes ver y aprender con tus propios ojos y la experiencia directa, puedes descubrirlo a través de la lectura. Otra gente vive cosas que tú nunca vivirás, y se toma la molestia de escribirlas. Y tú lees sus libros o sus textos y de alguna forma haces tuyas esas vivencias. Y así, las posibilidades se multiplican exponencialmente. Tu ámbito de acción deja de ser únicamente tu cuarto, pasa a ser toda la planta, o el edificio entero. Tu vida se expande, como el universo, y puede llegar más allá del portal, puede tener el tamaño de un barrio, o una ciudad. Todo depende de hasta dónde te atrevas a llegar.

Yo padezco de cierta claustrofobia crónica. Mi habitación siempre me parece demasiado pequeña, no importa el tamaño que tenga. Siempre me parece insuficiente. Así que usurpo las vidas de los demás igual que Alemania ocupó Polonia, para ganar espacio vital. Y lo hago a través de sus testimonios, de su palabra, oral o escrita. Cuando alguien me cuenta algo interesante, de palabra o por escrito, sin saberlo, está moviendo un tabique de mi habitación _que es mi vida_ unos cuantos palmos más allá. Y así gano en espacio y en luminosidad. La estancia se vuelve más diáfana. A veces poco a poco. Otras, de golpe.

Y así empiezas a recorrer espacios abiertos, caminas disfrutando del aire fresco. Empiezas por una pequeña calle, incluso por un estrecho callejón, y sin darte cuenta desembocas en una amplia avenida, y más tarde tienes el universo completo ante ti. Todo lo que de completo puede tener el universo, claro. Una cosa lleva a otra, una bifurcación a la siguiente, las posibilidades son infinitas. Empiezas tirando de un hilo y acabas desnudando a toda la humanidad.

Leo a Marcos Ripalda en un diario de provincias, y me cuenta una historia interesante. Me habla, entre otras cosas, de Witold Gombrowicz, y descrubro que es un novelista polaco a quien el estallido de la Segunda Guerra Mundial le pilló casualmente de viaje por Argentina, lo cual con toda seguridad le libró de muchos padecimientos. Con todo, lo más fascinante de su vida me parece el que escribiera Transatlántico en las horas muertas mientras trabajaba en la sucursal argentina del Banco Polaco.

Descubro también a Boris Vian, un tipo con una biografía que en sí misma parece un libro inverosímil, una novela de ficción. Leo sobre la vida de este polímata francés, y no puedo evitar sentir casi tanta admiración como envidia. Es increíble cómo una vida puede dar tanto de sí. Cómo se puede acumular tanto talento y tantas vivencias en una breve existencia de treinta y nueve años. Hace que te preguntes qué coño estás haciendo con tu vida. Hizo casi de todo, tuvo que vivir de forma frenética. Fue novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz, ingeniero, periodista y traductor. Pero lo que me resulta más interesante es su afición a organizar desmesuradas fiestas, las llamadas surprise parties. Siempre he pensado que organizar una buena fiesta tiene algo de arte, cuando no de ciencia. Por lo visto, el bueno de Vian (que utilizó más de veinte heterónimos, entre ellos algunos tan redondos como Vernon Sullivan o Navis Orbi) era un experto en montar saraos hilarantes y desmelenados. En Vercoquin y el plancton describe con detalle cómo debe ser una buena surprise party. Una de sus mejores obras, La espuma de los días, ha sido llevada al cine por Michel Gondry, ese prolífico director nacido en Versalles tan venerado por mi amigo Mikel Nebreda (arquitecto, diseñador gráfico y mucho más, cuya web recomiendo visitar). Esta película, como tantas otras, figura en mi cada vez más extensa lista de filmes pendientes.

A través de Boris Vian descubro el proceloso mundo de la patafísica, esa delirante pseudociencia con calendario propio. Y así conozco a su fundador, Alfred Jarry, que vivió treinta y cuatro años y que tiene una biografía aún más increíble que la de Vian. Este dramaturgo, novelista y poeta francés caminaba siempre por París con un revólver en el cinto (que disparaba en ocasiones bajo los efectos del alcohol), iba en bicicleta y bebía absenta. La vida de Jarry es breve y excéntrica, pero le dio tiempo a escribir una veintena de obras, entre ellas Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, que es considerada la precursora y origen de la ciencia paródica de la patafísica. Como tantos otros, conoció el éxito de manera fugaz, y experimentó una paulatina y definitiva caída a los infiernos.

Y así, como decía, una cosa lleva a la otra, y escucho en la radio hablar de un joven escritor gallego llamado Juan Tallón (joven, en fin, tiene cuatro años más que yo). De manera bastante impulsiva decido comprar dos libros suyos, Manual de fútbol y Libros peligrosos. Me gusta su estilo, me recuerda a Alberto Olmos, otro escritor con el que di por casualidad y al que me enganché enseguida, y del cual atesoro toda su obra publicada.

Estos dos libros están llenos de referencias literarias. El autor adquiere el papel de guía en un tour que te va llevando por una vida llena de lecturas. Y de alcohol, sospecho. De esta forma me asombro al descubrir que Faulkner escribió su obra Mientras agonizo cuando trabajaba como bombero y vigilante nocturno en la central eléctrica de la Universidad de Missisipi. La vida te regala de vez en cuando este tipo de guiños inesperados.

Tengo la costumbre, que es casi una manía, de calcular mentalmente la edad de cualquier personaje con cuyas fechas de nacimiento y muerte me cruzo. Biografías, lápidas, estatuas…cualquier lugar donde vea la vida de una persona resumida en sus fechas de inicio y final, ahí estoy yo haciendo cuentas para saber con cuántos años murió. No obstante, sé que éste es un dato engañoso y que realmente no aporta información relevante sobre la vida de esa persona. Francis Scott Fitzgerald vivió unos escasos cuarenta y cuatro años, pero fueron más que suficientes para dejar un legado eterno. Albert Camus no llegó a los cincuenta. Robert Walser murió con setenta y ocho, pero los veintitrés últimos los pasó en el manicomio de Herisau. No es importante lo larga o corta que sea tu vida, sino el provecho que consigas extraer de ella. Ya lo dijo Goethe, “la vida es corta pero el día es largo”. Incluso excesivamente largo, “para quien no lo sabe apreciar y emplear”.

Y así, haciendo tuyas las vivencias de otros, fagocitando sus reflexiones y experiencias, vas haciendo de tu vida algo mucho más grande que tu exigua habitación. Te conviertes en amo y señor de extensos territorios. Puedes recorrer el cosmos una y otra vez. Pero no conviene olvidar que la vida, básicamente, consiste en una sucesión de fracasos. El camino hacia los abismos ha sido recorrido antes por mentes mucho más lúcidas que la tuya, está bien pavimentado, es casi una autopista. Es bueno no olvidar que está ahí, tenerlo presente y tomar las debidas precauciones. Como cuando tienes cuidado de no cortarte con ese cuchillo afilado cada vez que abres el cajón para coger una cuchara.

A fin de cuentas, como dice un personaje de una novela de Juan Rulfo, “la vida es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo”. Efectivamente, la vida es el único recuerdo que nos vamos a llevar a la larga eternidad de la muerte, así que más nos vale que sea un recuerdo que merezca la pena.

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